Estudiar y vivir en Estados Unidos: la experiencia de las hermanas Maurin
Conversamos con Emma Maurin de 6°A y Catalina Maurin de II°B, quienes vivieron un año en Estados Unidos. Por el trabajo de su padre en la Fuerza Aérea de Chile, se trasladaron a Washington D.C. Una experiencia que les hizo ilusión desde el primer momento: «nos sentimos muy emocionadas porque sabíamos que sería una experiencia única y una oportunidad para conocer nuevos lugares», recuerdan.
Dos hermanas, dos desafíos
La adaptación no fue igual para ambas. Emma: «Para mí, lo más difícil fue el idioma, pero recibí mucho apoyo». Catalina: «Para mí el inglés no fue tan complicado. Lo más desafiante fue adaptarme al ritmo de vida y a la forma en que funcionaban las cosas en el día a día».
Con el tiempo, ese idioma se volvió clave: «Fue fundamental para comunicarnos, hacer amigos, participar en clases y desenvolvernos con mayor seguridad en la vida diaria. También nos permitió conocer personas de distintos países y culturas».
El colegio en Estados Unidos
A Emma le llamó la atención la rutina: «en la educación básica eran estructurados y casi todos los días iguales. No existían recreos largos porque consideraban que esos espacios podrían facilitar situaciones de bullying. Solo había pausas breves entre clases, de unos cinco minutos, principalmente para ir al baño». También llamaron la atención los simulacros frecuentes de emergencia —incendios, terremotos, tornados y lockdown— y que, para graduarse, era necesario completar horas de servicio comunitario.
A Catalina le llamó la atención la tecnología: «Contaban con herramientas muy avanzadas, no utilizaban libros físicos y prácticamente todo era online. Además, los estudiantes tenían más libertad para elegir algunas asignaturas, aunque existían ciertos ramos obligatorios para poder graduarse».
Lo que más les gustó
«Nos gustó mucho que las personas fueran tan amables y estuvieran siempre dispuestas a ayudar para que los estudiantes nuevos se sintieran cómodos e integrados», coinciden.
Para Emma, uno de sus recuerdos favoritos de toda la experiencia fue justamente ir al colegio: «No comenzábamos tan temprano y nos pasaba a buscar el school bus, que transportaba a estudiantes de distintos niveles. Fue una experiencia muy diferente a la que conocía en Chile».
Catalina rescata sus amistades: «me gustó mucho que tenía amigas de distintos países y culturas. La gente era muy solidaria y siempre se preocupaba de que uno se sintiera acompañado». El vínculo no se cortó con el regreso a Chile: hasta hoy sigue en contacto con algunas de ellas, que incluso le enviaron el yearbook del colegio.
Lo que se llevaron consigo
Emma: «Aprendí que puedo adaptarme con facilidad a nuevas situaciones, atreverme a probar experiencias distintas y enfrentar cambios importantes con confianza». Catalina: «Aprendí el valor de mantener conexiones que pueden durar en el tiempo. Aunque vivamos lejos, seguimos en contacto con algunos amigos que conocimos allá. A veces es difícil por la diferencia horaria y las actividades de cada uno, pero seguimos hablando. También entendí que no hay que tomar las relaciones a la ligera y que es posible construir amistades significativas con personas de distintas partes del mundo».
Al volver a Chile, ambas trajeron consigo mayor capacidad de adaptación, más confianza, una visión más amplia del mundo y una mejor comprensión de otras culturas.
Un consejo para quienes vienen después
Emma: «Les diría que aprovechen cada momento, porque nunca se sabe si tendrán nuevamente una oportunidad así. Es una experiencia que permite conocer nuevas personas, culturas y formas de ver la vida». Catalina: «Les recomendaría mantener una mentalidad abierta y atreverse a vivir cada experiencia. Conocer otros lugares y culturas puede enriquecer mucho la forma en que entendemos el mundo».